¿Neuroplasticidad y marketing?
Hace dos décadas, los
neurocientíficos creían que el cerebro adulto estaba completamente formado y
que era impermeable al cambio, ahora entienden que el cerebro adulto es muy
capaz de cambiar. El campo científico emergente de la neuroplasticidad se
centra en el estudio de la naturaleza adaptable del cerebro, y las formas en
que se puede “recablear” a sí mismo para formar nuevas neuronas y conexiones
neuronales.
Las
empresas también pueden utilizar la neuroplasticidad para mejorar las
percepciones de los clientes de sus marcas y, como resultado, aumentar las
ventas. Aquí es donde entra el campo del neuromarketing, que ayuda a las
empresas a impulsar las ventas de las principales marcas, investigando lo que
les gusta a los consumidores sobre esos productos, o determinando qué productos
traen a los consumidores una verdadera dicha.
Gran
parte de la investigación que rodea la neuroplasticidad implica el cableado del
cerebro para hacer que la gente sea más feliz y más productiva. Las empresas
pueden extender estas teorías y aplicarlas en las ventas para mejorar las
interacciones con el consumidor. Cuando el personal de ventas trabaja para
relacionarse con los clientes a nivel personal y conectarse con ellos
emocionalmente, los clientes son más propensos a sentirse bien acerca de hacer
una compra. También son más propensos a marcharse con recuerdos positivos de su
interacción y buenas cosas que decir sobre la empresa en general.
En
una estrategia de branding puede ser muy interesante saber qué hace atractiva a
una empresa a los ojos de los clientes, más allá de las características
objetivables de los productos. Se sabe que trata de dotar de valores y emociones a las marcas. Trata de
dar personalidad a la marca, teniendo claro que será el sello de la empresa.
El neuromarketing
y la neuroplasticidad ofrecen
importantes mecanismos para el branding ya que pueden ayudar a comprender los
comportamientos que tienen las personas ante los estímulos que se plantean con las
estrategias de marca.
Los
estímulos no los provocan los productos, si no lo que supone para las personas
cada una de las marcas. Hace tiempo que la publicidad y las acciones de
marketing están dirigidas a lo que quiere evocar la marca, el producto ya no es
el centro. En otras palabras, el branding busca la manera de que se perciba la
marca mediante una experiencia agradable, de acuerdo a los valores que desean
transmitir, para formar ellos la percepción del cliente, no el cliente per se.
Un ejemplo
claro de estas prácticas son la gran mayoría de anuncios de cerveza, que tienen
a la sociabilización como columna principal de la campaña: cerveza con amigos.
La marca pasa a segundo plano, pues el enfoque pasa a ser qué siente el cliente
y cómo lo siente, y se menciona hasta el final. Además, no se menciona si es de
malta, trigo, cebada, etc., u otras características del producto, porque saben
que no se compran productos, sino marcas.
Esta
manipulación de los estímulos tiene como objetivo final convertir a las marcas
en lovermarks (también conocidas como lovebrands), que son marcas que generan
una lealtad superior a lo habitual.
“Ahora lo
que se busca no es que la gente sea leal, sino que sea creyente. Es decir,
puede comprar a otro, pero cree en mí y al final volverá a mí.”
Para
alcanzar este estado, la marca debe crear un vínculo emocional con cliente
(como Coca-Cola, Apple). Así mismo, deben involucrar al cliente, es decir,
tomar en cuenta sus opiniones, sugerencias, etc. Debe también perder el miedo a
que el control de la marca salga de sus manos, los clientes deben convertirse
en apóstoles de la marca, recomendándola espontáneamente, disculpando los
pequeños errores, ofreciendo feedback, creyendo en ella más allá de toda
lógica. Para ello se debe permitir que la interpreten a su manera. De igual
manera debe haber misterio, se debe crear atracción hacia el producto o
servicio a través de un relato, una leyenda, un storytelling que enganche
persona a persona mediante los sentidos, los deseos y los sentimientos.
Por último,
cerrar con la reflexión de Al Ries y Jack Trout, que “el marketing no es una
batalla de productos sino de percepciones”.
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